La sociedad eres tú.
Tú que con frecuencia me lees y que tienes una increíble resistencia para aguantar las tremendas chapas que te doy en esta newsletter, sabes bien que mis perspectivas psicológicas son de naturaleza contextualista.
Que no soy sospechoso de no tener en cuenta el papel que tiene nuestro ambiente, nuestras sociedades, tanto en nuestra forma de actuar, como en nuestra manera de sufrir.
Así que, la reflexión que te traigo hoy, no nace evidentemente de un sesgo individualista o que sitúa las causas de nuestro comportamiento en el individuo. Nace de reflexionar en torno a esa querencia de recurrir “a la sociedad” como agente causal unívoco que explica diversas cuestiones.
La sociedad entendida como ese ente abstracto, totalizador, invisible… un fantasma difuso que condiciona cómo vivimos, pensamos, deseamos y sufrimos. Una especie de superorganismo que opera por encima de nosotros y que, según esta narrativa, es responsable de casi todo lo que nos pasa.
Y claro, es tentador. Porque si el problema está “fuera”, nosotros quedamos limpios.
Evidentemente, y como me has podido leer muchísimas veces, hay no poca verdad en todo esto. Parte de lo que somos nace efectivamente en un entramado cultural, económico, lingüístico y relacional previo a nosotros. Sería absurdo negarlo. Y sería irresponsable ignorar que ese entramado ejerce una influencia real, decisiva y a veces opresiva.
Sin embargo, reducir toda explicación a lo social… ya implica cierto enredo. Y de esto de lo que trata el post de hoy. Un post que, sin que sirva de precedente, será más ajustado de lo habitual.
Comenzamos.
La responsabilidad.
Cuando hablamos de “la sociedad” como si fuera una fuerza monolítica que nos gobierna, estamos realizando una operación conceptual un tanto arriesgada: convertimos en un ente independiente algo que no existe más allá de las acciones concretas de millones de personas.
La sociedad no piensa.
No siente.
No tiene voluntad propia.
No conspira en un despacho secreto para arruinar nuestras vidas.
Lo que llamamos “sociedad” es un conjunto inmenso de prácticas, hábitos, contingencias compartidas, lenguajes, normas, historiales de aprendizaje, y maneras colectivas de responder. Nada más…pero tampoco nada menos.
El problema aparece cuando este “ente” se convierte en la causa absoluta de las explicaciones.
No te implicas en ciertas cuestiones porque “la sociedad te exige demasiado”.
No toleras la frustración porque “la sociedad te ha hecho así”.
Y así, poco a poco, vamos eliminando del cuadro a la única pieza que realmente puede hacer algo: nosotros mismos.
Es decir, ya no es sólo que una explicación reducida a “la sociedad” sea bastante regulera. Es que implica otras consecuencias que tal vez convendría considerar:
Se difumina la agencia del individuo.
Se diluye su responsabilidad.
Deja de contar como parte de la solución .
Eso sí, es menos desgastante. Más cómodo. Y todo aquello que implica comodidad, tiende a mantenerse debido al enorme poder reforzante que tiene para el Ser Humano del S.XXI.
Si todo depende de “la sociedad”, ¿qué margen tienes tú para cambiar nada? Ninguno.
Y esto es especialmente en profesionales de la Psicología que, como yo, tienen una perspectiva contextual de la vida, del comportamiento, de lo humano…ya que un sesgo no suficientemente manejado, nos puede conducir a conceptualizar los problemas de una manera incompleta.
Evitar la responsabilidad personal tiene su sentido psicológico: asumirla duele. Implica mirarse de frente. Implica admitir que nuestras conductas —las de todas/os, que es la suma de las individualidades— sostienen buena parte de los males y enredos de esta Cultura en la que vivimos.
Implica aceptar que algunas de las explicaciones que usamos para justificarnos son más un refugio que una descripción ajustada.
Pero la responsabilidad —entendida no como culpa, sino como capacidad de respuesta— es lo que te devuelve poder y nos permite, como colectivo, hacernos cargo del hogar en el que vamos a vivir, que no es otro que este mundo. Sin responsabilidad, no hay posibilidad real de cambio. Solo queja, impotencia y discursos cada vez más grandilocuentes, y que encajan muy bien en un reel, sobre lo mal que funciona el mundo.
La interacción.
En lo que a mi respecta, tiendo mucho a no tomarme en serio aquellos planteamientos que afirman que determinada acción es causada por determinado estímulo (un elemento del ambiente, un pensamiento, un neurotransmisor…), y lo mismo me hace sentir un planteamiento que afirman que la causa de determinado(s) comportamiento(s) es la cultura o la sociedad.
Igual que decía mucho más arriba en este texto, si me has leído alguna vez, en uno de los conceptos que más suelo insistir en mis post, es en el de interacción y en el de la conducta entendida como tal.
Desde esta perspectiva, ni el individuo ni el entorno son unidades aisladas, ni pueden entenderse como causas.
No existe el individuo por un lado y la sociedad por otro, como si fueran dos entidades independientes que chocan. Lo que existe, de hecho, es la relación, la transacción continua, el intercambio funcional entre una persona concreta y un entramado de condiciones históricas y presentes.
En otras palabras:
No hay conducta sin contexto, pero tampoco hay contexto que no esté siendo construido, reforzado o mantenido por conductas.
La interacción es el punto ciego cuando culpamos únicamente a “la sociedad”.
Porque la sociedad no actúa sobre ti de forma unidireccional.
Tú también actúas sobre ella.
La modificas. La reproduces. La amplías. La matizas.
Cada respuesta tuya —desde un comentario en redes hasta una decisión laboral, desde un hábito personal hasta un modo de hablar con un/a hijo/a— es parte activa del tejido social.
Este enfoque elimina la dicotomía.
Ni el individuo es soberano absoluto, ni el contexto es destino inevitable.
En consulta, muchas veces utilizo la imagen de una explosión: imagina que alguien enciende una cerilla en un habitáculo que está lleno de gas, y hay una explosión. ¿Cuál es la causa de la explosión:?¿La cerilla?¿El gas?
El comportamiento es siempre interacción: un proceso dinámico, histórico y social que se actualiza en lo que haces aquí y ahora. Y esto, aunque exige más responsabilidad, también abre posibilidades.
Porque si eres parte de la interacción, eres parte del cambio.
La sociedad somos nosotros.
Ese es el punto que no conviene perder de vista: La sociedad eres tú.
Y también yo. Y tu vecina. Y la persona que diseñó la app que usas. Y el profesor que tuviste a los 14. And la creadora del vídeo que viste ayer por la noche. Y el algoritmo, que no es magia negra, sino el resultado de millones de clics individuales.
La sociedad no está ahí fuera.
Se construye a cada gesto, cada decisión, cada conducta que mantenemos, evitamos o modelamos entre todos.
Las tendencias culturales que nos irritan no emergen solas: nacen de elecciones individuales repetidas millones de veces.
Las presiones que sentimos son, en parte, las presiones que ejercemos.
No se trata de negar el peso del contexto social. Eso sería ingenuo y falso. Se trata de evitar convertir ese contexto en una excusa que nos deja sin agencia.
Sería muy beneficioso tanto para ti como, sobre todo, para amplio grupo social al que perteneces, girar la mirada hacia estas preguntas:
¿Qué parte de este entramado reproduzco yo?
¿Qué parte sostengo?
¿Qué parte puedo dejar de reforzar hoy mismo?
No para salvar al mundo —ambición maravillosa pero poco operativa— sino para recuperar el margen de acción que cedemos cada vez que colocamos el foco exclusivamente en un ente que, en realidad, somos nosotros.
Gracias de nuevo por leerme.
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Siempre recuerdo uno de los supuestos saludables de los grupos de entrenamiento en habilidades DBT: "Es posible que las personas no hayan causado todos sus problemas, pero tienen que resolverlos de todas formas". No importa si la causa de lo que nos pasa está en el cerebro, la crianza o la sociedad, el caso es que nuestra propia conducta es lo único que tenemos para resolverlo.
Amén 🙏